«Conjunto instrumental Kantawi» Colegio Melipilla
En el patio del colegio, donde el eco suele ser grito y recreo, un día se hizo silencio. No fue un silencio vacío, fue un silencio que escuchaba.
Así nació nuestro querido Kantawi
No eran solo niños y niñas con instrumentos en las manos. Eran manos que despertaban maderas, cueros y vientos dormidos. Eran raíces que volvían a sonar.
Habla el charango, chiquito y valiente, con su voz de diez cuerdas hecha de Madera y cerro. Llora y ríe al mismo tiempo, como el altiplano. Cuando lo tocan, el patio se vuelve montaña.
responde a lo lejos la quena, flauta de caña que no se sopla, se suspira. Su voz atraviesa como un viento que viene desde lejos, desde los abuelos, y a todos nos agita su vibrar. No hay micrófono que la iguale, porque no sale de la boca, sale del alma, entra el bombo legüero, corazón palpitante de la tierra, profundo y grave, como el latido de la Pachamama. Marca el paso y hace que hasta los más chicos muevan los pies sin querer. Es el que ordena y el que abraza el corazón con todo el sonido.
Y llega el temblor alegre de los Sikus * y la dulzura de las *tarkas, en diálogo de cañas hermanas que suben y bajan como bandadas.
Acompaña la hermana mayor la guitarra…que pone el abrigo, el tejido que une todo, chispeando junto al el cuatro venezolano el sol de la mañana.
Cada presentación dentro y fuera de nuestra frontera es un ejemplo de identidad.. Cuando es salimos a la comunidad o de visita a otro colegio…ocurre el milagro:
Los niños pequeños se acercan y preguntan: ¿me deja tocar?
Porque no es solo música. Es memoria. Es decirle a todos que aquí, en este colegio, Latinoamérica no se lee en un libro. Se escucha. Se toca. Se vibra.
Somos un puñado de estudiantes, sí. Pero cuando suena el bombo, cuando canta la quena, cuando el charango llora… somos un continente entero tocando en un mismo patio.












